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28 octubre, 2020

El Kuntur ha partido

Federico García Hurtado, cineasta cusqueño que retrató nuestras hondas y profundas contradicciones como país, ha partido a los 83 años.

Foto: Centro Cultural Inca Garsilaso

Con 13 obras cinematográficas, Federico García Hurtado construyó una interpretación y reflexión de nuestro país y nos dejó la crónica de las luchas y sueños de las comunidades indígenas. Por ello, es uno de los cineastas nacionales que se encontraba más cerca e involucrado con el cine indígena en nuestro país, como fue reconocido por CHIRAPAQ Centro de Culturas Indígenas del Perú en 2016.

“Fico”, como era cariñosamente denominado, rodó por los mundos que conforman nuestro país. Su obra ha sido calificada de comprometida, militante, realista o social. Todas estas denominaciones dan cuenta de una obra profunda e intencionalmente política, que interpela al sector opresor, que ejerce el poder sin razón y por la fuerza en el control y dominio de las comunidades indígenas. En los mismos términos, su filmografía muestra cómo la violencia se muestra como el único eje articulador, ¿qué país puede resultar de este escenario? ¿De qué manera esta “articulación” se viene repitiendo continuamente a lo largo de nuestra historia?   

Desde Kuntur Wachana (1977) y Llaulico (1979) vemos cómo las comunidades indígenas respondían y entendían su situación desde su cosmovisión y la organización sindical, afrontando brutales represiones, hasta llegar al clímax de esta situación con El Caso Huayanay (1981) en donde la comunidad, ante el vacío de justicia, la hacen por sus propias manos para encontrarse con que la “justicia” les era esquiva a ellos más no a quienes la controlan.

Con La Leyenda de Melgar (1981), su reflexión de las situaciones sociales la aborda a partir de personajes históricos, pero será con Túpac Amaru (1984), en donde comunidades indígenas participaron como parte de los “extras”, que Federico García muestra un monumental fresco de las circunstancias y poderes en pugna que desembocaron en la gran rebelión, que apenas duró 6 meses, pero cuyas resonancias llegan al día hoy. Ello se refleja en la parte final del metraje durante el ajusticiamiento del cacique en la plaza del Cusco, donde mediante una voz en off que declama el poema Canto Coral a Túpac Amaru de Alejandro Romualdo, presenta imágenes de las movilizaciones indígenas contemporáneas y su sindicalización en 1975. Esta cinta, que es uno de los hitos de nuestro cine y que fue considerada con una de las diez películas más representativas de Latinoamérica, fue desestimada para su restauración y apoyo al autor, en el presente año, dentro de los incentivos dados por el Ministerio de Cultura en el contexto de las políticas de apoyo a la cultura a raíz de la pandemia.

Cierra este ciclo con El Socio de Dios (1986) centrado en la vida del cauchero Julio César Arana, apodado precisamente “el socio de dios”, personaje que desató el terror entre los pueblos amazónicos que esclavizó, con la anuencia del Estado y el apoyo de empresas extranjeras. Esto, finalmente, llevó a la rebelión de los indígenas. Cabe destacar que el guion de esta película fue escrito conjuntamente con Roger Rumrill, socio fundador y actual presidente de CHIRAPAQ.

Esta obra no podría haber sido posible sin el apoyo de Pilar Roca Palacio, su compañera de vida, de aventuras y desventuras, de alegrías y emergencias, como el narrado en el documental La Revolución y la Tierra, de Gonzalo Benavente, en donde ella relata lo que tuvieron que hacer para esconder los documentales y filmaciones realizados durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado y que debieron proteger al ser depuesto por Morales Bermúdez. Ella, en la segunda década de su vida, tuvo que afrontar interrogatorios y persecuciones desde la época del segundo gobierno militar ante cada película que denunciaba las atrocidades del sistema. No fue su sombra, ni su complemento, sino la socia y compañera de ruta y luchas, desarrollando ella en paralelo investigaciones que se plasmaron en libros como El Holocausto Andino y Terror en los Andes, la Violencia como Sistema en el Perú Colonial, obra esta última en donde reconstruye la denominada “caravana de la muerte” conformada por mujeres indígenas conducidas al destierro luego de la rebelión de Túpac Amaru. Sin duda, una pareja de excepción en el ámbito cultural de nuestro país, como lo fueron también la conformada por sus paisanos Mariano Valderrama y Carmen Escalante.

Federico García, cual Kuntur, voló por los escenarios críticos de nuestra historia, realizó otros biopics, documentales y programas para televisión, inclusive visitó los predios del humor (La Manzanita del Diablo, 1989) y la ciencia ficción (El Forastero, 2002). Sin embargo, su obra mayor nos habla de un país fracturado y con hondos y profundos desencuentros, cuya salida se encuentra, precisamente, cuando podamos superar estas distancias dando paso, voz y protagonismo a los pueblos y comunidades indígenas. A puertas de conmemorar el bicentenario de nuestra independencia, su obra nos habla de esta esperanza y la sombra de Federico García, cual Kuntur que ahora viaja a otros mundos, se proyecta sobre nuestra escena cultural y la vida social y política de nuestro país para interpelarnos, ahora y a los años que vienen, sobre quiénes hemos sido y qué queremos ser.