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30 octubre, 2020

Federico García, “el socio de Dios”

Federico García Hurtado acaba de fallecer. Los Apus andinos y los Chullachaquis amazónicos están de duelo.

Mi viejo teléfono timbró una mañana de principios de 1986, hace 34 años. Como tardé en responder, el teléfono siguió timbrando. Cuando levanté el artefacto escuché la voz  nítida y premiosa de Federico García Hurtado.

-Róger, necesito hablar urgente contigo. He decidido hacer una película sobre la Amazonía y quiero elegir contigo el tema, la historia-.

-Fico, tengo la historia y el personaje-, le contesté escuetamente.

-¡Bueno, qué esperas! Ahora mismo tenemos que reunirnos-, me urgió con una voz emocionada.

En el año 1986, Federico García Hurtado (Cusco, 1937-Lima, 2020) era uno de los cineastas peruanos más populares y reconocidos y con un bien ganado prestigio internacional. Sus películas se habían erigido como los registros más auténticos, dramáticos, vivos, hermosos y creativos del mundo andino.

Su película “Túpac Amaru” (1984),con la actuación memorable de Reynaldo Arenas interpretando el papel del héroe rebelde que sacudió e hizo temblar las estructuras del poder colonial, provocaba estallidos de emociones y expresiones reinvindicatorias de la historia y la resistencia nacional entre los miles de espectadores de todo el país.

Pero no solo “Túpac Amaru” embelesaba y conmocionaba a los cinéfilos peruanos. También películas como “Laulico” (1979), “El caso Huayanay”(1981) y “La leyenda de Melgar” (1981) nos hacían recordar, a la mayoría con cólera y unos pocos con indiferencia y conformismo que, como escribe el gran historiador de la república, Jorge Basadre, “la topografía social peruana al concluir la Independencia-y en plena república agregaría este cronista-los indios siguieron siendo el barro vil con que se hace el edificio social”.

“EL SOCIO DE DIOS”

En los años cincuenta del siglo XX, durante la dictadura del general Manuel A. Odría, el multimillonario estadounidense Roy L. Letorneau se instaló en la cuenca del Ucayali con el objetivo de dominar y conquistar a la naturaleza amazónica para construir un gran complejo de desarrollo forestal e industrial. Pero la naturaleza pudo más que él. Sus gigantescas maquinarias como dinosaurios de hierro quedaron enterradas en el  fango durante un diluvial invierno amazónico. Derrotado, Letorneau, que se hacía llamar el “socio de Dios” porque aportaba un diezmo de sus utilidades a su iglesia evangélica, huyó de la Amazonía  como alma que lleva el diablo.

Federico García coincidió plenamente con mi sugerencia de que su película amazónica debería titularse “El Socio de Dios” y de que este socio de Dios debería ser Julio César Arana Del Águila, el tristemente célebre Barón de Caucho, y uno de los mayores protagonistas del genocidio indígena que ensangrentó el ciclo del caucho a fines del siglo XIX y principios del siglo XX en la cuenca del Putumayo y sus afluentes, en la Amazonía Peruana.

Me dediqué a escribir la sinopsis, la síntesis o resumen de la historia, y luego ambos trabajamos el guión técnico. Concluida esta etapa, Federico García, que ya había iniciado contactos y gestiones con productores y realizadores de cine de varios países, principalmente de Cuba, terminó de conformar su equipo de producción, así como su elenco de actores y de actrices donde figuraron artistas de varios países, entre ellos Adolfo Llauradó, actor cubano que hizo el rol de Julio C. Arana, además de René de la  Cruz, Enrique Almirante, Eslinda Núñez y los peruanos Belisa Salazar y Ricky Tosso, entre muchos otros.

Luego de establecer y elegir las locaciones y preparar y disponer todo el equipo y la infraestructura necesaria, que incluyó el alquiler de una lancha de dos pisos donde se filmarían secuencias decisivas de la historia, el equipo partió a Iquitos para dar inicio a la filmación.

No había pasado ni siquiera una semana de la partida de todo el elenco a Iquitos para la producción de “El Socio de Dios”, cuando una mañana timbró mi teléfono. Me pregunté quién me estaría llamando tan temprano.

En la línea telefónica estaba Federico García. Le pregunté a quemarropa cómo avanzaba la filmación antes de que él me dijera una palabra.

Soltó una andanada de frases y remató con la siguiente:

-Róger, no avanzamos nada en la filmación y estamos bien retrasados y todo por tu culpa-, tronó.

-¿Por mi culpa?, pregunté nervioso.

-Claro, por tu culpa, Porque tú has creado ese personaje del “Voborero” con que se inicia la película y nadie, ningún actor quiere y se atreve a enroscarse una boa de  cinco metros en el cuello por temor a que la boa le rompa el cogote. Así que como tú has creado ese personaje, tú eres la solución, tú tienes que hacer de “Viborero”, además tu cara de ayuda-, concluyó.

A las 7 de la mañana de ese mismo día tomé el avión a Iquitos y antes de incorporarme al elenco de actores, me fui al parque de conservación de la naturaleza de Quistococha, que tenía un  serpentario donde trabajaba el cuidador y manejador de todo tipo de reptiles, Aldo Cabrera, para pedirle un curso intensivo de manejo de boas.

Jamás he olvidado la recomendación clave de su curso intensivo de cinco horas.

-Nunca te olvides de que lo más parecido a una serpiente es una mujer- afirmó y como vio en mis ojos una mirada de asombro y reproche por esa frase que me parecía una ofensa a las mujeres, agregó:

-Porque cuando agarras una serpiente, una boa en este caso, nunca dejes de acariciarla con ternura, con amor, en la cabeza. Ahora tú te estarás preguntando por qué esa boa se parece a una mujer. Porque a tu mujer, a tu amor, si no le amas y le acaricias todo el tiempo, se va con otro. O sea te pica y te pone su veneno de desamor y olvido-

El proceso de filmación duró semanas. Federico García, como director, era muy meticuloso, disciplinado, creativo. Durante esas semanas fue conociendo en profundidad no solo a los actores que interpretaban los personajes de la historia, sino también la realidad amazónica en sus detalles más íntimos, más secretos, más humanos, como el lenguaje amazónico, las comidas, los olores, los sabores, las costumbres, las creencias y también las tragedias, los sueños y las aspiraciones de las mujeres y los hombres amazónicos.

Cuando concluyó el rodaje, Federico García Hurtado ya era un andino-amazónico. Estaba tan profundamente identificado con la vida  amazónica, que decidió escribir una novela sobre uno de los capítulos trágicos de la historia amazónica, la fiebre del caucho, el ciclo del oro negro que tituló “El Paraíso del diablo”, como en la novela de Walt Handerburg, la versión, la mirada, la percepción distópica del otro imaginario que concibe la Amazonía como el paraíso de las riquezas y de los bienes de la naturaleza que hay extraer y saquear que ha construido el neoliberalismo extractivista en el siglo XXI.

Federico García Hurtado acaba de fallecer. Los Apus andinos y los Chullachaquis amazónicos están de duelo. También Pilar Roca su compañera entrañable que compartió su intensa vida y su fructífera trayectoria creativa. Lo mismo que los millones de espectadores de sus películas que están convencidos que el Perú que él registró con su cámara, pero sobre todo con el alma y el corazón, espera un Pachacuti de cambio, de transformación en el siglo XXI.