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24 noviembre, 2017

Jacinta llega al cine mostrando más de lo mismo

Película de la Paisana Jacinta no solo sigue valiéndose de estereotipos racistas sino que es además una decepción para sus seguidores.

Foto: Cinecolor Films

Suponemos que el propósito de hacer una película sobre la Paisana Jacinta es aprovechar el auge de producciones nacionales centradas en referentes de la comicidad televisiva. Y qué mejor muestra del humor nacional que La Paisana Jacinta. El gancho para atraer al público a las salas es en esta ocasión era revelar el rostro de Wasaberto, pareja del personaje.

Habría que recordar que el nombre “Wasaberto” era utilizado “criollamente” para nombrar al que ejerce de marido o “machucante”. Si fuera preciso formular una primera queja sobre la película sería ante INDECOPI por publicidad engañosa, ya que para decepción de la audiencia, de Wasaberto solo vemos su espalda.

Acudimos al CinePlanet del centro comercial la Rambla en la avenida Brasil, a la función de las 5:30 p.m. Además de ver la película, nuestro interés estaba en la reacción del público, el cual estaba conformado por tres familias y grupos de amigos. Contamos a lo sumo diez personas, y así como ralo era el público, sus risas lo eran también. La excepción era un hombre de mediana edad, y padre de familia, que celebrara los clásicos gags del personaje. Habría que mencionar que los niños presentes, preferían correr por la sala o reclamar más canchita o bebidas, pero no soltaron risa alguna.

Nos imaginamos que las expectativas por el rendimiento económico de la película eran altas, pues Cineplanet había reservado dos salas para su exhibición ¿Cómo le irá durante el fin de semana? La taquilla lo dirá.

El salto de la Paisana Jacinta a la pantalla grande es solo la ampliación del formato televisivo. La anunciada “transformación” del personaje es nula.  El lenguaje soez y los golpes continúan presentes, solo que con menor frecuencia. Igual las frases de doble sentido como la que emplea Jacinta al llegar a su hogar en Chongomarca. “En esta cama le sacaba conejos a mí Wasaberto”, dice para luego cargar a un conejo blanco y retirarlo del escenario. ¿Es que este lenguaje y procacidad son considerados como aptos para toda la familia? Parece que sí.

Por otra parte, si bien es cierto, a diferencia del programa televisivo, aquí no aparecen mujeres en diminutas prendas de vestir, sí se hace empleo de la seducción como medio para obtener favores por parte de la cuota femenina de la película.

Nuevamente Jacinta, es un ser extraño inclusive entre su pueblo, y refuerza la idea de lo extraño que significa ser indígena, pues sus paisanos no visten ni se ven como ella. Es más, en un flash back la madre de Jacinta aparece ataviada al uso de la ciudad y con un peinado que no es el tradicional. Esto, lejos de mostrar que Jacinta es un personaje en sí mismo, refuerza lo extraño que resulta lo indígena a los ojos urbanos, lo cual es el eje de su humor.

Esto se ve reforzado, por la seguidilla de sketchs que intentan ser hilvanados a modo de largometraje, en donde todo lo entiende al revés o de forma literal. Cuando le piden a Jacinta “asentar su denuncia” ella se altera y despotrica porque “¿cómo va hacer la denuncia para sentarse?” (Insertar risas aquí, si pueden).

La distribución de roles y funciones, se dan por la pertenencia étnica: la anticuchera obviamente es negra, al igual que los delincuentes y el operario de una máquina excavadora que intenta destruir el hogar de Jacinta. Los blancos son quienes imponen orden, equilibrio y rectoría dentro de este mundo, cuyo mejor ejemplo es cura que trata paternalmente a la paisana y la encamina en la búsqueda de su Wasaberto. Y ni que hablar del ángel de la guarda de Jacinta, representado por una niña rubia.

Jacinta, al igual que sucede en la televisión, en el ámbito urbano es la única indígena o perfectamente identificable como indígena. El resto de personajes que puede deducirse como migrantes, se han amoldado perfectamente a los usos y modos de la ciudad.

Y así, sin pena ni gloria transitamos la visión de esta película que a todas luces queda en lo evidente: que es más de lo mismo. Fuimos a verla, contribuimos con nuestra entrada a los bolsillos de sus creadores, pero nos sentimos defraudados. Como amantes del cine por lo pobre del lenguaje visual y las inconsistencias del guion y como activistas, porque se sigue apelando a este tipo de personajes para la risa fácil y las regalías, dándole más hilo a rueca que entreteje el racismo en nuestro país.