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26 abril, 2013

La tierra en equilibrio

En los últimos 20 años se han acelerado, hasta niveles nunca vistos por la humanidad, la capacidad de destrucción de ecosistemas.

En los últimos 20 años se han acelerado, hasta niveles nunca vistos por la humanidad, la capacidad de destrucción de ecosistemas.

Para todas las sociedades agrarias la Tierra es la madre, quien cría y a quien se le debe la vida y en reciprocidad hay que criarla y cuidarla.

De modo invariable, en todas las sociedades a lo largo de la historia, esta relación con la tierra ha significado vivir en equilibrio con ella y cada cultura la ha ido interpretando y elaborando no solo como un espacio físico sino también espiritual.

Para los pueblos indígenas andinos y amazónicos la tierra engloba diferentes mundos en donde conviven animales, plantas y seres humanos y al mismo tiempo cada uno tiene su mundo, en los cielos está la tierra de las aves, en las aguas la de los animales acuáticos y en este mundo, el Kay Pacha andino, nos encontramos todos los seres, por ello resulta crucial el equilibrio entre estos mundos, pues de verse afectado uno de ellos afecta al resto con terribles consecuencias.

En muchas narraciones y mitos encontramos relatos terribles de desequilibrios, casi siempre a cargo de los seres humanos, que en su afán de apropiarse para sí de los recursos rompe con un pacto tan antiguo como el de la vida misma: que todos tienen un lugar y espacio en el equilibrio de la vida y en el destino del mundo.

Pero ahora no necesitamos de mitos ni de narraciones que nos recuerden las consecuencias del desequilibrio sobre la tierra. El cambio climático, no es ya más una hipótesis sobre el comportamiento del clima sino la evidencia palpable y contundente del impacto de la intervención humana sobre la tierra, o mejor dicho, de la intervención de cierto comportamiento humano: el de la apropiación y depredación de la naturaleza en beneficio de determinados modelos de “desarrollo”.

En los últimos 20 años se han acelerado, hasta niveles nunca vistos por la humanidad, la capacidad de destrucción de ecosistemas con la consiguiente desaparición de miles de especies animales y vegetales, por la necesidad de minerales y recursos para la industrialización y la lógica de enriquecimiento para acceder a productos industrializados y el crecimiento sostenido de la tecnología en una cadena auto sostenida de destrucción dentro de la cual cada vez son menos los países que se encuentran involucrados.

Si establecemos un balance de los esfuerzos para detenerla o aminorarla, podríamos decir que el balance es negativo y nada parece apuntar a lo contrario. Las dos más grandes economías en crecimiento, como lo es la China y la de la India, incrementan anualmente la emanación de gases de efecto invernadero amparándose en que son economías en crecimiento y desarrollo, por su parte, las economías consolidadas requieren sostener sus niveles de producción para no perder mercados demandando cada vez más materias primas especialmente combustibles y minerales, que para hacer más competitiva y rentable los productos finales requieren de estándares muy bajos de protección y manejo de los desechos industriales.

Es por esta razón que países como el nuestro son rentables económicamente para las inversiones en el sector de extracción de minerales y combustibles y la agricultura industrial e igual panorama lo encontramos en África y Asia. Sin mayores demandas de protección del medio ambiente y con menores estándares de reconocimiento de derechos medioambientales y humanos, nuestro mundo va sumiéndose cada vez más en un deterioro que amenaza con ser irreversible.

Cuando en el año 1970 se estableció el 22 de abril como el día de la tierra, la intención que la impulsaba parecía un movimiento político en contra el modelo capitalista de desarrollo y en su momento fue denunciado así. Hoy 43 años después y con al agotamiento paulatino de los glaciares, la disminución de las capas de hielos de los polos, el incremento de los huracanes y la inestabilidad de los climas que impiden el desarrollo de la agricultura, su denuncia de la inviabilidad de un modelo que depreda sistemáticamente el medio ambiente es mucho más visible, de tal manera que es casi probable que lo único sostenible sea precisamente el de la destrucción de nuestro planeta.

Sin embargo, los pueblos indígenas vienen recuperando y manteniendo sus modelos de vida en comunión con la tierra y los seres que la habitan, material y espiritualmente, y hay denodados esfuerzos por recuperar sus ecosistemas, reintroduciendo el equilibrio entre los seres que la componían, como por ejemplo recuperando las geografías indígenas mediante plantas y animales originarios, la crianza del agua y de la tierra recuperando al mismo tiempo el profundo vínculo espiritual y de respeto que le debemos lo cual choca frontalmente con la visión de la naturaleza y de la tierra como un recurso.

Nos encontramos en el umbral de un camino en el cual, como humanidad, podemos aún decidir si vivimos para un presente incierto o comenzar a construir un futuro para las generaciones venideras. Y una muestra de ello lo dio en 1854 el Jefe indio Seattle en su célebre carta al presidente de los Estados Unidos: “Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos”.

Por Newton Mori / CHIRAPAQ.