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1 diciembre, 2021

Óscar Catacora y los caminos del cine indígena

La partida del cineasta puneño, nos devuelve al debate sobre el cine nacional y la representación propia de nuestros pueblos.

Foto: Cine Aymara

El pasado viernes, y con tan solo 34 años, partió Óscar Quispe Catacora, nacido en la comunidad campesina de Huaychani, ubicada en Ácora, Puno. Se autorreconocía como aimara y era cineasta autodidacta.

En su vida y auto aprendizaje como cineasta, confluyen diversas circunstancias que, a modo de metáfora, grafican los retos y vicisitudes que afrontan los pueblos indígenas para construir sus propuestas, lograr visibilidad y reconocimiento.

Su obra

Wiñaypacha, su ópera prima, es sin lugar a dudas un hito importante en la cinematografía nacional, no solo por su alcance y reconocimiento internacional, sino por el tema abordado -el del abandono y la ausencia- desde una comprensión de la simbología del ritual y la interacción de los protagonistas con su entorno, que no son reconstruidos desde una producción antropológica o académica, sino desde la propia vivencia e interpelación del director, de ahí que el idioma -el elemento sobre el cual se ha centrado de manera recurrente la mirada y valoración de la crítica- no sea un mero recurso estético, sino lo que articula y da sentido a toda la puesta en escena.

Dentro de su trabajo, conformado por más de 20 cortos y 2 mediometrajes que lograron exhibición y circulación local, es la culminación de su proceso de aprendizaje centrado en descubrir por sus propios medios las claves del lenguaje fílmico y -tal como relatara en diversas entrevistas- recurriendo al internet, descargando libros, preguntando y asistiendo recurrentemente no a cine clubs (que no los había en Puno) sino a espacios en donde se proyectaban malamente algunas películas de acción, entre ellas algunas obras maestras como los Siete Samuráis de Akira Kurosawa. Así mismo, él señalaba que observaba entre las personas que asistían a estos espacios, y él mismo lo sentía, que había empatía por el cine asiático por guardar semejanza en los rasgos físicos, es decir, una suerte de autorreflejo étnico.

A diferencia de otras obras que recurrieron al uso de algún idioma indígena como recurso estético y expresivo, en Wiñaypacha esto forma parte fundamental del universo que plantea, pues ¿cómo representar y expresar rituales, sentimientos y maneras propias de relacionarse entre el ser humano con la naturaleza que le rodea sino es a través del idioma que da sentido y explicación a esos procesos? y aunque Óscar Catacora en ninguna entrevista la inscribe como parte o propuesta de un cine indígena, la expresión desde su sentir, su vivencia comunitaria y el planteamiento de una obra en donde el final interpela por la situación y destino de ese mundo representado, son los mismos mecanismos y recursos expresivos y planteamientos políticos del cine indígena, en donde no hay un final feliz, sino el llamado a la reflexión para la acción. Y ese llamado, en el caso de Catacora, aún sigue flotando y demandando una acción con respecto a la situación de las comunidades, los adultos mayores indígenas, la “modernidad” y sobre el cine indígena refundido en ese conglomerado denominado “cine de las regiones”, eufemismo para denominar la otredad del cine que no es producido en, por o desde Lima.

Su vida como metáfora

Una estrategia fundamental para la continuidad y resignificación de los pueblos indígenas ha sido nuestra apropiación de medios expresivos y culturales para continuar siendo dentro de relaciones jerárquicas de poder, dentro de las cuales todo lo indígena, o la diversidad cultural, han sido significados como inferiores. De la misma manera, Óscar Catacora recurre a medios y técnicas para expresar al ser aimara, como protagonista y sujeto de su producción cinematográfica. Él mismo quería ser actor, siendo el protagonista de su primer filme exitoso El Sendero del Chulo, dentro de un medio en donde, de acuerdo a los cánones estéticos, no podría serlo.

De igual manera, la autogestión y los lazos de solidaridad frente a situaciones adversas le llevaron a conformar una productora familiar, Cine Aymara, sin la cual su obra no hubiera sido posible.

Finalmente, su fallecimiento en circunstancias que se encontraba filmando su siguiente largometraje -centrado en el contexto de las rebeliones indígenas de 1780- y las dificultades de brindarle atención oportuna, nos habla no solo de las circunstancias difíciles a las que se afronta el hacer cine en localidades y territorios indígenas, sino también del aislamiento y precariedad para acceder al sistema de salud por parte de los pueblos indígenas.

Su legado

Con una obra corta pero contundente, por la verificación de la calidad de su apuesta estética y decisión por representar a la nación aimara -y con ello a los pueblos indígenas-, con un aprendizaje propio en donde el ingreso a la universidad fue, según propio testimonio, para apropiarse de mayores instrumentos técnicos y metodológicos, para discutir y verificar sus planteamientos -su tesis en definitiva- y no seguir los moldes y enseñanzas de otros, el camino de Óscar Catacora era la de un creador, que se afirmaba en sus orígenes y cuyo aprendizaje no estuvo orientado a borrarlo, sino a darle voz e imagen propia dentro de un espacio que ha mantenido y mantiene relegado a la producción cinematográfica elaborada desde “la periferia” o para ser más precisos, desde la diversidad cultural.

Su legado, no puede circunscribirse solamente a la denominación de algún premio con su nombre, sino a reflexionar sobre el cine nacional y dentro de este, el papel que le cabe a los esfuerzos de construcción de un discurso visual y estético que den cuenta de nuestra composición social, de los dramas cotidianos y estructurales que vertebran a nuestro país y con ello la necesidad de más y mayor apoyo al cine formulado y gestionado desde la diversidad cultural.

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