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26 junio, 2012

Pensando Kari Oca II: Un Mundo por Ganar

Más de doscientos pueblos indígenas congregados en la denominada “aldea Kari-Oca”, analizaron los logros y desafíos de los últimos veinte años.

Veinte años después del Informe Brundtland el mundo comprendió la seriedad e implicancia de los problemas medioambientales. Es así como surgen las Conferencias de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, también conocidas como las Cumbres de la Tierra, espacios sin precedentes en el ámbito de las Naciones Unidas, tanto en tamaño como en alcance de sus motivos.

Los pueblos indígenas tomaron conciencia de la necesidad de participar también en otros procesos de la ONU ya que, de no hacerlo, las problemáticas indígenas solo serían revisadas en el Grupo de Trabajo sobre las Poblaciones Indígenas y el Consejo de Derechos Humanos y no podrían intervenir en otras áreas también de interés. Es así como el movimiento indígena decide participar en la Cumbre de Río en 1992 y su delegación, la mayoría de Latinoamérica, redacta la Declaración Kari-Oca sobre Pueblos Indígenas la cual contenía su visión sobre medioambiente y desarrollo.

Ese año, más de 700 líderes indígenas de todo el mundo se concentran a las afueras de Río de Janeiro, dentro de un valle boscoso, en los días previos a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, para firmar un documento fundamental para el movimiento indígena. Los participantes redactaron y firmaron por unanimidad estos documentos que establecen las demandas y recomendaciones para la protección del medio ambiente y el desarrollo sostenible basado en los principios de autodeterminación y el respeto de los pueblos indígenas, derechos colectivos sobre sus territorios, conocimientos y recursos.

Mucha agua paso bajo el puente desde esa oportunidad. Los pueblos indígenas y sus movilizaciones para plasmar ese ideal fueron de una dureza impresionante. Para 1992 fue un gran avance el visibilizar una agenda indígena global, interpelar a la sociedad civil mundial y los Estados sobre autodeterminación, identidad y derecho al territorio. A pesar de la incomprensión de los países, y los poderes facticos que mellaron en su contra, se avanzó estratégicamente en cada nuevo espacio.alde

Kari Oca I fue un hito que instalo un modo de ver diferente en los organismos internacionales sobre lo “indígena”. Esta gesta dio paso a propuestas avanzadas para su tiempo como lo fue la de “estados plurinacionales” y el “control real de los territorios”, como en el caso del movimiento indígena en Ecuador, Bolivia y Centroamérica, los cuales eran elementos cohesionador de la cosmovisión de los pueblos indígenas.

La historia volvió a repetirse en 2012 durante la Conferencia de Rio+20. Más de doscientos pueblos indígenas congregados en la denominada “aldea Kari-Oca”, campamento instalado a cinco kilómetros de la sede la cumbre, analizaron los logros y desafíos de los últimos veinte años y su relación sagrada con la madre tierra con el fin de elaborar un documento que exponga su posición hacia Rio+20, la Declaración Kari-Oca II.

¿Llegaremos vivos a Rio+40?

En el documento los pueblos indígenas señalaron que este proceso histórico solo “se trata de una continuación de una economía global basada en los combustibles fósiles, la destrucción del medio ambiente mediante la explotación de la naturaleza a través de las industrias extractivas, tales como la minería, la explotación y producción petrolera, la agricultura intensiva de mono-cultivos y otras inversiones capitalistas” proponiendo que la “relación inseparable entre los seres humanos y la Tierra, inherente para los pueblos indígenas debe ser respetada por el bien de las generaciones futuras y toda la humanidad”. Kari-Oca II se trató entonces de restituir el lazo que nos une con la madre tierra, la apuesta vital, comprometida de crear condiciones para que la vida sea vivida en condiciones aceptables y sustentables para todos.

No solo hablamos de una sistemática ruptura de una “cadena de derechos humanos básicos” de los pueblos indígenas, sino también de un golpe directo a la subsistencia de ellos, arrebatándoles sus tierras y territorios. Tal y como señala Kari-Oca II, “se han intensificado la explotación y el saqueo de los ecosistemas y biodiversidad del mundo, así como la violación los derechos inherentes de los pueblos indígenas. Nuestro derecho a la libre determinación, a nuestra propia gobernanza y a nuestro desarrollo libremente determinado, nuestros derechos inherentes a nuestras tierras, territorios y recursos están cada vez más atacados por una colaboración de gobiernos y empresas transnacionales.”

La Declaración, en un punto que no puede ser obviado. Hace un llamado para evitar la destrucción de la vida como la conocemos hoy invitando a la humanidad a unirse a los pueblos indígena para “transformar las estructuras sociales, las instituciones y relaciones de poder que son la base de nuestra pobreza, opresión y explotación.” Se trata pues e una lucha larga y sostenida, un juego entre tácticas y estrategias, entre plataformas y marchas, entre presionar para que los estados asuman los compromisos y crear condiciones para nuevos mundos -si es el caso- mundos posibles en este mundo.

* Basado en el principio de “unidad en la diversidad”, reconoce la existencia de múltiples nacionalidades, culturas, lenguas, religiones, formas de espiritualidad. Incorpora las formas comunales de organización y autoridad en la propia institucionalidad del Estado, constituyendo una experiencia política absolutamente nueva en la región. (Mónica Bruckmann “El movimiento indígena latinoamericano” en la Ojarasca, suplemento mensual de La Jornada, Número 149. Septiembre 2009)

Foto: Ben Powless

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