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5 diciembre, 2016

El retorno de los pishtacos y sacaojos

Mito indígena fue el detonante del enfrentamiento entre habitantes de Huaycán y la policía.



Una enardecida turba de más de 2 mil personas atacó el jueves la comisaría de Huaycán como consecuencia de un rumor sobre un supuesto rapto de niños a manos de pishtacos. El saldo, un muerto, 16 heridos y 34 sentenciados a nueve meses de prisión preventiva.

Huaycán es uno de los lugares que se conformaron con la población migrante indígena e incrementó considerablemente su población con aquellos que huían del conflicto armado interno. Durante años fue estigmatizada como “zona liberada”, es decir, una zona con presencia terrorista, precisamente por la procedencia andina de sus pobladores.

Hasta mediados de la década de los 70 del siglo pasado, el nakaq (degollador) o pishtaco, atacaba a los comuneros solitarios cortándoles la cabeza, para posteriormente amputarles las extremidades y, mediante el fuego, extraerles la grasa, la cual era vendida a las industrias para poner en movimiento las maquinarias y los motores de los diferentes medios de transporte.

El significado de los pishtacos en el mundo andino y en la cosmovisión indígena, no puede ser más terrorífica. Son un elemento foráneo que se apropia de la vida para potenciar y poner en funcionamiento un sistema ajeno a la comunidad.

El antropólogo Juan Ansión estudio este fenómeno social que se manifestó en diversas zonas periféricas de la ciudad de Lima durante la escalada de violencia de Sendero Luminoso para trasladar sus acciones del campo a la ciudad. Ansión identificó su origen en el miedo de la población y su incertidumbre sobre el futuro. Las víctimas de los pishtacos ya no eran campesinos sino los niños, que representaban la esperanza de continuidad de todo pueblo. De ahí que la insania de su ataque se focalizara en los ojos, que son el medio para el aprendizaje y para poder “mirar” el futuro.

En los relatos sobre los sacaojos y los traficantes de órganos, los beneficiarios son gente adinerada que se encuentran en exclusivas clínicas del extranjero, es decir, gente con la capacidad y el poder de quebrantar el orden. En ambos casos, la metáfora es la misma: la extracción de la vitalidad para hacer funcionar un sistema foráneo.

Los residentes de Huaycán señalaban en sus testimonios el supuesto hallazgo de cadáveres con dinero y notas de “agradecimiento” por los órganos proporcionados. Interrogados sobre las razones de no haber dado parte a la policía, todos coincidieron en señalar el miedo y la desconfianza ante la autoridad, a la que consideran corrupta.

La inseguridad ciudadana constituye uno de los principales problemas que enfrentan los habitantes de Huaycán. Según el INEI, Ate es uno de los quince distritos con el mayor número de muertes violentas asociadas a hechos delictivos. De acuerdo a la propia municipalidad de este distrito, en Huaycán los robos y casos de la violencia familiar aumentan cada año.

No es la ignorancia sino el miedo el detonante de los disturbios en Huaycán. Las campañas psicosociales destinadas a distraer a la opinión pública de los problemas políticos y sociales del país no son ajenos a nuestra historia, plagada de vírgenes que lloran y monstruos de los cerros. De ser este el caso en Huaycán, los instigadores tendrían un conocimiento bien estructurado del comportamiento de la población de origen indígena y las investigaciones tendrían que conducir a descubrir los intereses detrás de esta manipulación de masas.